jueves, 8 de julio de 2010

Ôter le masque



Cuando una vive entre árboles es muy difícil adaptarse al cemento.

Podría ser la metáfora de su vida.

La naturalidad que ha tenido que ir transformándose hacia el artificio.

La inocencia no perdida, pero sí disimulada.

La perfecta invitada a un baile de máscaras.


La invitaron a uno durante los carnavales de Venecia. Tenía 30 años. Tenía que hacer un esfuerzo ingente para enfrentarse a los gastos, pero había decidido ir. Se movería como pez en el agua.

No era una fiesta convencional. La organizaba una empresa de publicidad y el leit-motiv era el cine. Dudó entre la Gilda de Rita Hayworth, la Cleopatra de Elizabeth Taylor, la bella vecina tentadora que vive arriba de Marylin Monroe o la Escarlata de Vivien Leight. Pensó primero en la máscara para en función de ella maquinar el vestido. Su máscara era negra con apliques leopardinos y encaje. Hacía como unos ojos de gato y el encaje cubría parcialmente su nariz. Combinaba perfectamente con la peluca rubia y el vaporoso vestido blanco. La tentación la eligió a ella.

Temía las fiestas de disfraces porque ocultarte tras un personaje te libera, te desinhibe y eso es peligroso; casi tanto como una borrachera de tequila. Y su personaje podía ser letal.

Se probó el conjunto una vez finalizado, le añadió unos altos tacones rojos y tras mirarse en el espejo y admirarse, decidió no ir.

3 comentarios:

javier dijo...

Es normal que decidiera no ir. Olvidó que podría haber emulado la Sylvia interpretada por Anita Ekberg en "La Dolce Vita" de Federico Fellini. Imperdonable. De todos modos hubiese sido peor haber asistido de Escarlata tras descartar las otras opciones. Ya no sería imperdonable, sería un delito. Prefiero pensar que quizá no fue porque su día a día ya era un carnaval.

Te sigo leyendo.

Sara dijo...

Y yo agradeciendo tu presencia en estos tiempos de ausencias.

Mariette dijo...

Sabes, encontré en una tiendecita unos antifaces de los rococós, negros, con encajes y demás preciosidades. Y quiero uno.