Ada Cuerpo se calza sus botas; están sucias. Sabe que ha vuelto a equivocarse e intenta solucionarlo con una mueca de sonrisa. El día va a ser muy largo para Ada Cuerpo, lleno de remordimientos en sus minutos. Quiere que pasen las horas y ni siquiera desayuna en un intento de hacerlas correr. La cama apenas hecha. Evita mirarla, olerla. Una nausea súbita la hace correr al baño: es bilis. Recordaba la conversación de unos chicos que al estrenar casa se preguntaban unos a otros si ya la "habían estrenado" en su clara connotación sexual. Le provocó risa su simpleza, pero al verse vomitando, temblando con la cabeza entre sus manos, se dijo a sí misma que ella sí que ya había estrenado su nueva casa. Casa vomitada, casa estrenada.
Ada Cuerpo arrastraba fama de bulímica.
Sus nervios se instalan en la barriga y desde allí la dominan. No le será fácil disimular hoy. Busca el tabaco y las llaves y sale rápida cerrando la puerta tras de sí.
Baja por las escaleras con el miedo de cruzarse con alguien. Sus botas siguen estando sucias. En la calle busca su coche, pero no lo encuentra. Echa a andar, cruza los prados, sube el puente, se adentra en una autovía. Los coches pitan, algunos la insultan. Trepa por una valla y se adentra en una huerta. Pisa tomates, se hunde en la tierra. Continúa y coge una manzana de un árbol. Un perro la persigue ladrando. Sale de la finca y para un autobús. Se sube y no se sienta, se baja en la siguiente parada. Camina por un parque esquivando niños, llega a la plaza de toros. Se para.
Realmente no sabe cómo lidiar con lo que se le viene encima.
Ada Cuerpo, torera con botas sucias.










































