lunes, 7 de junio de 2010

À fleur de peau




En una toalla descansaba su madre, mientras ella paseaba por la orilla del mar. Dudaba si bañarse. Sabía que haciéndolo se sentiría bien luego, pero como siempre, la pereza ocupaba un lugar preferente en su lista de rasgos, estados y ¿cualidades, defectos...?

Sentía el sol dorando su piel como si de un suave abrigo de lana que se echase por encima se tratase; al mismo tiempo, la brisa era tan poderosa como para querer ese abrigo.

Caminaba y miraba a su madre.

Deseaba que se levantase y acudiera a su encuentro, que la ayudase a meterse al agua e incluso a saltar las olas; que viniera con la toalla sólo perfumada con protector solar. Y que la acompañara su sonrisa, y la ternura de su mirada. Bajó la mirada al charco que mojaba sus pies y se dio cuenta de lo inexorable del paso del tiempo.

Entonces decidió ser ella la que corriera a la toalla para sentarse al lado de su madre y fumarse un cigarrito juntas mirando el mar. Momentos efímeros y eternos. En ese silencio compartido intentaba agarrar todo el amor, la necesidad y la admiración que sentía por ella. Cerró los ojos para que no se escaparan las sensaciones. Le pidió que se cuidase mucho:

_Mamá, dicen que es muy bueno bañarse diariamente en el mar, que los que lo hacen no tienen ni un catarro...

_Eres tan vaga, que querrías que me bañase yo por ti... si no te conociera...


Cuando volvían de la playa, pasaron por un barrio en fiestas de nombre Raíces.


2 comentarios:

Anónimo dijo...

ya estoy enganchada;me gusta, si señora. Clara

Sara dijo...

Te lo agradezco mucho. Con todo lo que hemos insistido...menos mal