domingo, 19 de diciembre de 2010

Final


Los encuentros se sucedían todos los días a la misma hora y en la misma esquina. Una farola iluminaba sus aristas y nos hacía sentir culpables bajo el foco acusador.
Los días de lluvia, las gotas dibujaban pequeñas ilusiones ópticas, y los días de luna plena, se creaban ondas de luz que formaban el aura entorno a nuestras cabezas.
Nos cítabamos con alevosía, con redundancia. Convertimos aquella esquina con su luz en lugar de estancia y no de tránsito. Allí yo acomodaba mi espalda mientras la luz se reflejaba en sus ojos y absorta me perdía en ellos. Sólo nos dábamos un beso profundo mientras los transeuntes debían esquivarnos. Los días de lluvia, tras el beso, me quitaba las gotas de la cara, y los días de luna llena, acariciaba mi mejilla, pasaba por la barbilla y terminaba subiendo sus dedos a mi boca. En ese momento la esquina se me clavaba en la espalda, desde ese momento una cicatriz cruza mi espalda.
El fin de la(s) historia(s) llega el día que derrumban el edificio para construir uno más alto, y decidimos no volver juntos a casa, sino encontrarnos ya allí.


2 comentarios:

Anónimo dijo...

Se deduce un final feliz, encontrarse en casa y,... patati patata...
Sin embargo, citarse con alevosía y redundancia, ufffffff. Qué lástima que destruyeras ese edificio, Chère Dora.

Sara dijo...

La vida es así, no la inventado yo...