jueves, 4 de agosto de 2011

Köala


Eva Solah es una mujer valiente, muy valiente. Se ha lanzado a una maternidad en solitario y llena de incógnitas. Se ha inseminado; bueno, la han inseminado. Eva Solah ha tenido suerte porque su embarazo no ha sido gemelar. Después de haber parido, tiempo después, dicen que dijo que no le habría importado que lo fuera. Eva tiene las ideas claras, se fija un objetivo y lo consigue.
Nace un niño, Uno Solah. Eva piensa que se parece a ella pero a medida que pasan los días, los meses, va descubriendo que sólo se parece a ella en sus manías. A Eva le encanta Uno. Y Eva se enamora de la fantasía del padre de Uno:
De nombre Sergei y de profesión estibador en un puerto, decide.
Su hijo es bruto y fuerte, increíblemente rubio y con un simpático hoyito en el mentón. Con corta edad ya parecía gimnasta olímpico. Su hijo es dulce por las noches, cuando Eva está más cansada. Es rápido de reflejos y no muy hablador. Sorprende que es un niño con caída de ojos; cierra y abre los ojos con lentitud, como si pesaran mucho sus largas pestañas. A Uno le encanta la música, y siempre la baila.
Cuando Eva Solah descubre lo poco que su hijo se parece a ella, es cuando comienza a fantasear con su padre. Sabe que no debe hacerlo, porque Uno no tiene padre, y ella no debe transmitirle nostalgias, y menos, las suyas. Pero Eva no puede evitar pensar en Sergei e incluso pensar en buscarlo. A veces sueña que es él quien la busca a ella y a su hijo; y por eso, Eva pasea por el muelle a diario con Uno. Ven llegar barcos y buques y cómo son descargados. Se sientan en un banco a merendar y entonces Uno pregunta:
-Eva, a quién esperas
-La caída del sol, Uno...
Todos los días repiten paseo y repiten diálogo.
Un día de lluvia paseaban sin paraguas. La lluvia los empujaba a correr. Un grupo de hombres se divertían mirándolos. La lluvia tan intensa impedía a Eva verlos bien, pero creyó ver a Sergei entre ellos. Los llamaron  y Uno tomó a su madre fuerte de la mano para dirigirse hacia ellos. Cuando estaban llegando Uno le dijo:
-Eva, ha llegado
-¿quién, Uno?
-El sol, mamá...

Como si de un milagro evangélico se tratara, las nubes negras se abrieron dando paso a unos potentes rayos de sol que volvieron a cegarla momentáneamente. Cuando por fin pudo ver, los hombres ya no estaban. Eva y Uno volvían a estar solos. Se sentaron a merendar mirando fijamente la línea del horizonte y sin decirse nada, esperando como cada tarde la puesta de sol.

3 comentarios:

Andreas Selvi dijo...

Siempre se cumplen los deseos, a veces para bien, a veces para mal, y casi siempre para comprobar que no era eso lo que echábamos de menos.
Precioso relato, Sara.

Mariette dijo...

Intenté comentar, pero mi móvil es malo malísimo.

Aunque la foto es repe, el relato es precioso. De lo mejor que te he leído.

Muá con bata de seda.

sara dijo...

Una imagen que se repite siempre que pienso en hijos y en madres.

Un beso, y gracias de verdad, a los dos.