lunes, 18 de julio de 2011

Cirques

                                                                                                   Julia Garmond

Montar una noria requería del trabajo de unos cuantos obreros. Se pasó un buen rato mirándolos reafirmándose en su postura de pies pegados al suelo. Los coches de choque también tenían su dificultad, aunque lo que más llamaba su atención eran los altavoces que irrigarían la música que te haría desear chocar. Más de una docena de autocaravanas acampaban creando una barriada de hierros, color, basura y vida nómada en un sedentarismo artificial. Pasó un rato buscando niños, hijos de feria en un mundo de adultos. No vio ninguno. Faltaba la magia del circo, que es poesía al lado de las ferias que son pura prosa.
Salió de pronto, de una caravana, una mujer en altos tacones. Era rubia, muy delgada y espigada, de aspecto balcánico. Sus músculos marcados brillaban con la luz del sol y el tatuaje que rodeaba su brazo parecía no dar más de sí para abarcarlo. Los hombres no parecieron reaccionar inmediatamente, pero sí que notó que imprimieron un ritmo más rápido de trabajo. Ella no les dirigió la palabra. Se acercó a los coches de choque y corrigió la dirección de la banderita de algunos de ellos. Prosiguió su camino sin mirar atrás. LLegó hasta otra atracción que todavía no era más que piezas desligadas, apiladas unas sobre otras. Las rodeó dos veces, como en ritual, y antes de comenzar una tercera vuelta, un grupo de mozos ya había comenzado a cargarlas para iniciar la construcción. Inmutable, siguió la ronda. Su paso era firme, no dudaba sobre aquellos altísimos tacones. Se dirigió a la misma caravana de la que había salido y entró cerrando la puerta. Los hombres siguieron con el trabajo aminorando el ritmo pero sin decirse nada. El efecto provocado por la rubia balcánica fue sutil pero implacable. Volvió a abrirse la puerta de la caravana y de ella comenzaron a salir pequeños rubios, niños y niñas en fila, ordenados como por estaturas, silenciosos, controlados. Se apiñaron entorno a un árbol de aspecto centenario y formaron un corro alrededor de su tronco. Agarrados de las manos comenzaron a girar cada vuelta más rápido, hasta adquirir una velocidad endemoniada. Ninguno de ellos se soltaba. La rubia balcánica se asomó a la puerta de la caravana otra vez y entonces ellos frenaron en seco. Ordenados, silenciosos y mareados volvieron a casa.
Parecía tener ritmo, métrica, cadencia, rima y muchas metáforas después de todo aquella feria.

1 comentario:

Anónimo dijo...

He descubierto tu blog por casualidad. Estamos lejos pero aquí las lejanías no tienen distancia... Me hago seguidora sin que me veas, tienes ya muchos números como miembros honorables.
Yo también tengo un blog, pero es más difícil de descubrir.
Enhorabuena. Sigue.